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Apagadoristas

De Las Asturias

"La guerra portuariade los treinta años", artículo de Francisco Prendes Quirós, publicado en La Nueva España el 5 de marzo del año 2005, describe el clima creado en Gijón, por la polémica entre "muselistas" y "apagadoristas", sobre la ampliación del puerto de Gijón, a finales del siglos XIX. Se debatía la opción entre El Musel y el viejo puerto de la Villa.

En la segunda estación de la existencia y desarrollo de nuestra villa, la que llamé en fantasía anterior la «del Norte», que todos los pueblos progresivos y «crecederos» tienen bien definido, al contrario de otros, cuyo Norte no es un punto cardinal, sino viejo resabio frailuno, o a lo más, insana afición y manía de hacer la puñeta fina al pueblo vecino; postura montaraz, que denunciaba nuestro padre fundador, al decir por la pluma de uno de los mejores «torreros» de sus señales, «el secreto, la llave y el apoyo de todas nuestras (gijonesas) disensiones, está en la capital de la provincia». Época, aquella segunda, de esplendor y glorioso crecimiento, en la que nuestra villa puede compararse a la «nada» industrial, comercial y asociativa, y hasta educativa, Universidad excluida, que era el Oviedo episcopal, que don Fermín Canella retrató en 1888: fría sacristía en la que no había ardido otro brasero que el del orensano fraile Feijoo, y en la que no se había instalado aún la «luz» vivificadora de «la Extensión Universitaria», que por breve momento alumbró a toda Asturias; decía, que en aquella segunda época, Gijón triplicó su población, de nueve mil a casi veintisiete mil almas; cuadriplicó su superficie, creciendo del paseo de Begoña a la plaza de toros; siendo todo prácticamente nuevo: Teatro Jovellanos, ayuntamiento, mercado cubierto, circo teatro Obdulia de los grandes Campos Elíseos; en aquel segundo Norte se adoquinaron calles y plazas, para la buena impresión del visitante y comodidad de la «ya» numerosa colonia veraniega; se derribaron murallas, se desecaron pantanos, se construyeron fuentes útiles, y una en Begoña, «gigante», de puro adorno; se logró, por fin, la ansiada traída de las aguas, de Llantones, que comenzó a surtir las casas, con gran beneficio de la higiene personal y familiar; se levantaron infinidad de nuevas fábricas y, a su alrededor, surgieron barrios obreros, con sus «huertas, patios y ciudadelas», cinturón, poco casto, poco limpio, insalubre, que cada poco había que ir «desabrochando», pues la panza gijonesa, y no por consumo desaforado de la buena sidra de las parroquias rurales, sino por la presencia de tantos trabajadores y la proliferación de tantas edificaciones industriales, «hinchaba» desordenadamente, casi cada día. Aquellas «lejanías» miserables de ayer, forman hoy parte, y no poco cuidada, de nuestro Gijón, turístico, copero, industrial y portuario... ¿Terminal? ¡Dios no lo quiera!

Todo aquel «hervor», o bravo crecimiento, de la villa que fue posible gracias, tanto al rumbo marcado por las enseñanzas «jovellanas», como al entusiasmo de los alumnos del Instituto, que ya citamos, no hubiera alcanzado su «punto», si no hubiéramos contado, además, con un bien natural, que la divina mano puso al pie de nuestras casas, y no puso, por fortuna, al pie de las casas del Ovetum capitalino: el puerto de mar, por donde pudieron entrar corsarios e ideas, embajadores y mercancías, y salir muchos carbones, que ahora, ¡lo que cambian los tiempos!, entran. «Cay», que fue una de los primeros desvelos, y preocupación constante, de nuestro padre, soltero y protector.

Puerto de mar. Puerta principal. Durante mucho tiempo casi la única puerta de nuestro pueblo, que eran malas y pocas las comunicaciones que tenía por tierra.

En aquella feliz segunda estación, ¡cuántas mejoras para aquella humilde dársena!, que mereciera la atención ilustrada del gran don Jorge Juan, y que con las primeras ideas del ingeniero Elduayen, quizá alguna también de su joven ayudante y colega, don Mateo Práxedes Sagasta, que con él trabajó en las obras del ferrocarril de Langreo, y el dique que concedió Isabel II, el fausto 17 de agosto de 1858, abrieron pronto los horizontes de la villa, y los del puerto, que iba haciéndose importante y concurrido con la llegada del ferrocarril y la salida de los carbones.

El empuje del puerto fue enorme, de ahí los primeros estudios para su ampliación, debidos al Conde de Toreno, cuando su Ministerio de Fomento: de salir cincuenta o sesenta embarcaciones al año, a entrar y salir 3.318 en 1888, con un índice de ocupación de 250 buques por hectárea; de recaudar apenas veinte mil duros por la aduana, a los más de dos millones de pesetas. Hasta que llegó el día fatal en que por «embotellamiento», los barcos ni pudieron entrar ni pudieron salir, confundidos, en un «totum revolutum», marineros, pilotos, capitanes, velas, anclas..., y hasta Cascos con doña Pilar. Se hizo necesidad imperiosa e inaplazable la reforma y ampliación de nuestro muelle. Y por esa necesidad, por ese llenarse de veleros y vapores, antepuerto, dársena, fomentín y fomento, y enfrentarse la ampliación con la alternativa de construir en Torres el más que «costoso» nuevo puerto de refugio y comercial, estalló la violentísima guerra de los «muelles» de Gijón. Disputa que dividió la villa, primero en tres (con los del Fomento) y luego en dos bandos irreconciliables: partidarios del puerto en Gijón, «gijonistas»; partidarios de llevarlo al Musel: «torristas» y «fomentistas»; que también se conocieron como «torenistas» y «pidalinos», y que quedaron definitivamente rotulados para la historia como «apagadoristas» y «muselistas».

Los «apagadoristas», partidarios de la «modesta, económica y realizable» opción de ampliación y reforma de los muelles locales, conforme los planes de don Fernando García Arenal, ingeniero director facultativo de la JOP, sociólogo, naturalista y benefactor de la clase obrera, frente a los «muselistas», partidarios del gran Musel, «colosal» en costo, cuya idea había nacido para simple puerto humanitario, de refugio, pero que en seguida se dibujó como «humanitario y comercial», colocado a la entonces importante distancia de cuatro o cinco kilómetros de la villa. Ambiciosa idea debida al no menos eminente ingeniero don Salustio González Regueral.

Así empezó la guerra civil gijonesa. Se rompieron amistades y noviazgos; se dividieron familias; se desheredaron hijos; se ultrajó la memoria de muertos notables; se olvidaron los diez mandamientos de la ley de Dios y los cinco de la Santa Madre Iglesia; se fundaron, por contra, sociedades deportivas y de recreo, Casino Muselista, unos. La Lidera, El Té, El Bacalao, el Sport Club Apagadorista, formaron los del otro bando. Se abrieron cafés, como el Jovellanos, muselista, al que el Ayuntamiento de don Antonino R. San Pedro nunca exigió cumplir el horario de cierre, que era a las 11 de la noche en invierno y 12 en verano; comercios de nombre beligerante, El Puerto del Musel, Trinidad 14, «magnífico surtido de puntillas y encajes, propios para adornos de altares y oratorios; confección de trajes de riquísimo paño; abundante surtido de muselinas y merinos negros...»; se alinearon industrias y sociedades, de acuerdo con las posiciones de sus «principales».

Las más importantes: las fábricas de vidrios y de loza; la de alambre, de Moreda y Gijón, la de bujías; la de harinas, sierra de maderas y chocolates y pan, del señor Zarracina; la de gas y electricidad de Menéndez Valdés y Cía.; la de calderería y maquinaria, del señor Cifuentes; la Compañía de Tranvías, la fábrica de aglomerados; las compañías de Vapores de Olavarría, Marina, y Melitón González, que moriría en aquel 1890; la Sociedad de los Campos; la prensa: «El Comercio», «El Grito del Pueblo», «El Progreso», «La Unión Republicana»; el Casino de Gijón, el Círculo Mercantil e Industrial, el Círculo de la Unión Liberal, el Casino Federal de la Juventud Republicana..., y don Florencio Rodríguez, todos «apagadoristas».

La la imprenta de El Musel, los almacenes de maderas de don Demetrio F. Castrillón, la fundición de don Rafael Fernández, los mil negocios de don Félix Costales y don Ángel Pidal Morís; la botica de don Antonino y la Sociedad de Fomento, de su hermano don Faustino Rodríguez San Pedro; los incontables almacenes, azúcares y carbones, de los señores Velasco; la droguería e imprenta del señor Carreño, hijo; el Musel y el Gijón, que dominaba el señor Carreño padre, y financiaba el señor Conde de Revillagigedo..., y mi abuelo, «muselistas».

Se denunció por injurias y calumnias, tal era la ferocidad del desencuentro. A destacados «muselistas» condenó la Audiencia Provincial: a 5 años de destierro al famoso don Santiago B. Laruelo, barbero, dentista, «vacunista» y periodista; a 4 de lo mismo a don Claudio González Prada, director de «El Musel»; y a 57 días de cárcel al venerable anciano don Alejandro Blanco Jove y Huergo, que había ostentado por días la dignidad de primer alcalde republicano, en 1873. Muchos más caídos hubo en la lucha. Hubieron de cambiar de «aires», por presiones «muselistas», entre otros muchos, el digno juez de primera instancia don José Pelayo Gowen, y el director de la sucursal del Banco de España, don Ángel García Rendueles Llanos, que tanto significaría después. Sin trabajo, por la autoridad de San Pedro, quedaron el cabo de serenos don Ramón García Vega y el inspector de las carnes (de animal) don Elías Suárez, y veinte más, que pronto encontraban «puesto» fijo en las numerosas «casas apagadoristas»....

Obtenido de "http://www.lasasturias.org/asturwiki/index.php/Apagadoristas"

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