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José María Fernández

De Las Asturias

Ensayo biográfico escrito sobre el Abogado "José María Fernández" por Ignacio Gracia Noriega, en La Nueva España:

José María Fernández (o «el poderoso Chema», como le llamaba Juan Luis Vigil durante la prehistoria del PSOE, cuando ese partido se encontraba, más bien más que menos, en el paleolítico inferior) es uno de los pocos abogados del mundo que llama a sus clientes para darles buenas noticias. Ello obedece a que, como dice Juan Vega, es bonísima persona y, además, nunca pierde un pleito, según Gómez Fouz. Y cuando actúa, lo hace con la más transparente honradez. De manera que abogados como José María Fernández nos compensan de la desvergüenza de algunos colegas, auténticos camineros del gremio. Por fortuna, los abogados que se degradan con sus clientes y hasta son capaces de ir a disculparse con la otra parte, además de andar metidos en asuntos poco claros, no son la norma, ni mucho menos, pero alguno hay (yo al menos conozco a uno), y a esa escoria de la profesión la compensa la honestidad y la transparencia de las intervenciones de Chema Fernández. Que, además, es un gran aficionado a la ópera y un asturiano de buena cepa con raíces en Pola de Siero y Ribadedeva. Hace algunos años era inevitable encontrar a Chema pasando por delante del teatro Campoamor, hasta el punto que yo le sugerí a Gabino de Lorenzo que le diera algún cargo honorífico para ornamento de la ciudad. Entonces no me hicieron caso, pero creo que Chema sigue mereciendo el reconocimiento de los ovetenses filarmónicos y peatones por su buen estilo y su amena y culta conversación. Y no piensen que el itinerario de Chema se reduce a ir desde la calle Uría, donde tiene su despacho, hasta Casa Conrado, pasando por delante del Teatro Campoamor. Hace cosa de un mes, en vísperas de hacer un viaje a Chile, le encontré tres veces en Oviedo, en tres sitios muy distintos durante la misma mañana: marca semejante no la mejora Antonio Masip en campaña electoral.

Conocí a Chema Fernández en la prehistoria del PSOE, como digo. En septiembre de 1976 se hicieron los primeros carnés de Asturias y Juan Luis Vigil, reparando en las profesiones de los escasos afiliados -mineros, pensionistas, un taxista, etcétera-, comentó: «Para que luego digan los del PSP que no somos un partido obrero». Universitarios, por así decirlo, había poquísimos, y su número resultaba irrelevante al lado de los del PC y del PSP, que alardeaba de ser un partido de intelectuales y de «cuadros»: de cuadros, pero sin militantes, lo que es lo mismo que «don sin din». Entre los universitarios destacaban Emilio Barbón (naturalmente), Luzdivina García Arias y Juan Luis Vigil; también José María Fernández, su hermano Joaquín, de palabra apasionada y exposición brillante, que daba muestras de gran oratoria en las asambleas, aunque le perdía su anticomunismo de signo legítimamente socialdemócrata, pero que «las bases» no alcanzaban a comprender del todo, y Justina Perales, muy trabajadora y tímida, con el mismo aspecto que tiene ahora; Ángeles Llavona, Pedro Quirós y Ramón Rodríguez, el actual director de la Biblioteca de la Universidad de Oviedo. Todos ellos personas de primera categoría, incluido Vigil, aunque fuera un extravagante. ¡Ah!, y me olvidaba de don Agustín Tomé. Y esto era todo. Ramón Rodríguez, una de las mejores personas que he conocido, me recordaba el otro día que él se encontraba presente en la entrevista que Ramón Cavanilles y yo mantuvimos con la señora Carmen Romero, esposa de Felipe González, en la cafetería del Alsa, en la plaza de Primo de Rivera, y nos reímos un rato. Para esto deben actuar los recuerdos: para reírnos de manera benevolente de las cosas que hicimos y un poco de nosotros mismos. Yo, a aquellas alturas de mi vida, con más de treinta años, no me proponía cambiar el mundo, sino ayudar a que un pueblo que salía de una dictadura se encarrilase hacia un sistema político civilizado. De manera que entré en el PSOE por dignidad y lo abandoné por decencia, cuando empezaron a ingresar aventureros y trepadores, como en los banderines de enganche de la Legión ingresaba lo más impresentable de cada casa. Muchos de los compañeros de aquella época, como Ramón Rodríguez y José María Fernández, abandonaron también el partido, pero yo me pregunto qué hubiera sido del PSOE asturiano sin ellos, durante el tiempo que permanecieron allí. O sin Justina Perales, Ángeles Llavona o Pedro Quirós. Me refiero a todos aquellos que fueron militantes de la primera hornada y que jamás aspiraron a cargos políticos ni los ocuparon.

José María Fernández era católico practicante, lo que permitía presentarle como una muestra de aperturismo del viejo partido laico y anticlerical, del que desconfiaba el canónigo Emilio Olavarri, que estaba acostumbrado a encontrar cristianos en el PC, pero no en el PSOE. El «poderoso Chema» era desinteresado y eficaz, aunque le gustaba navegar por libre. Su piso de soltero en la calle General Elorza era uno de los almacenes del partido: en los pasillos se amontonaban números no distribuidos del «Avance» o pegatinas regaladas por el Partido Socialista belga.

Chema Fernández hubiera podido hacer una brillante carrera política de haber transigido con la demagogia y el arribismo (el arribismo de los otros, claro es). Pero era incapaz de hacer concesiones. En cierta ocasión fue elegido secretario general del PSOE y de la UGT de Oviedo (entonces los cargos proporcionaban trabajo e incomodidades, sin ninguna compensación), y antes de que la asamblea hubiera concluido, Chema había dimitido de ambas secretarías. No tenía ningún inconveniente en decir lo que pensaba y era de los pocos que pensaba en aquel partido. Y lo que es más grande, pensaba con independencia y con sentido moral. Escribió poco en los periódicos, en la época de «Asturias Diario», pero previó algunas calamidades que luego sucederían. Muchas cosas, y muy buenas, podrían seguir diciéndose de Chema, de los viejos (y buenos, ¿por qué no? tiempos prehistóricos.

El abogado José M.ª Fernández", de Ignacio Gracia Noriega, en La Nueva España

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