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Luis Alfredo Lobato

De Las Asturias

Luis Alfredo Lobato Blanco doctor en Historia por la Universidad de Oviedo, es actualmente profesor titular y director del departamento de Historia en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), donde trabaja desde comienzos de los ochenta.

Secretario General del Comité Universitario del Partido Comunista de España en la Universidad de Oviedo en los años de la Transición, aunque tal título le haya sido arrebatado en la biografía oficial del diputado por IU Francisco Javier García Valledor.

Es autor, entre otras publicaciones, de "Dos décadas del movimiento cultural y universitario en Asturias (1957-1976)

[editar] Artículo de Ignacio Gracia Noriega sobre Lobato y su libro

La oposición universitaria

Sobre la oposición universitaria asturiana al régimen anterior se ha escrito un libro considerable, desde la perspectiva del Partido Comunista, «Dos décadas del movimiento cultural y universitario en Asturias (1957-1976)», de Luis Alfredo Lobato Blanco, libro sin duda útil. Pero éste y otros libros, escritos desde un punto de vista único e inamovible, resultan un poco monolíticos, y sus pretensiones «científicas» son causa de que sean poco amenos, de lectura dura y fatigosa. Desde luego, no por ello se debe poner en duda el protagonismo del PCE en las actividades universitarias y culturales de la época, las cuales siempre trajeron al fresco a la derecha, como ahora a su apocado sucesor, el PP. Actitud que me parece muy estimable, cuando no la inspiran la dejadez o la ignorancia, como en el caso del partido mencionado y que ahora lamenta no ser suficientemente «centrista». Lo que le faltaba. Por los años sesenta o setenta, el novelista norteamericano William Styron se quejó a Julio Cortázar porque la Administración norteamericana no miraba para los escritores, lo que permitió exclamar al conocido pedantín «belga» inventor de esa insulsez de cronopios y no sé qué otra cosa, que a él le trataba muy bien Jack Lang, el comisario político del socialismo francés. Todo lo contrario que la Unión Soviética, de la que llegó a decir el grande y desgraciado poeta Ossip Mandelstam que era el país que más se preocupaba por la poesía del planeta, porque a los poetas disidentes les pegaban un tiro en la nuca; o los enviaban a morir a los campos de concentración de Siberia, como a él, que murió mientras recitaba versos de Dante, cosa que los verdugos y los comisarios interpretaron como ofensiva para la causa del pueblo. Pero una cosa es no interferirse en asuntos culturales, ni siquiera por medio de mecenazgos, y mucho menos subvenciones que compran la libertad del escritor, y otra la absoluta irresponsabilidad en materia cultural. El PSOE por aquellos años no existía, y también las cosas de la cultura le trajeron siempre al fresco, hasta que recibió los refuerzos del PSP primero y del PC después.

En cualquier caso, el PC no sólo fue el único partido que actuó de manera decidida en la Universidad de Oviedo, sino el único que se preocupó, de manera bastante efectiva, de asuntos culturales. Así que este libro de Lobato está escrito desde la perspectiva de quienes mejor conocen aquellos hechos, aunque su conocimiento sea fragmentario y parcial.

Nada más alejado de mi propósito en esta serie que estoy escribiendo que el partidismo (no pertenezco ni apoyo a ningún partido), la demagogia ni la pretenciosidad «científica». Tan sólo ofrezco mi impresión de hechos en los que participé o fui testigo, y de personas a las que conocí. Nada más. No sé si por suerte o por desgracia, conocí a muchos que luego se harían políticos profesionales de mayor o mejor rango. La ventaja del franquismo era que sus políticos profesionales eran menos y venían de lejos: no habían ido al colegio con nosotros ni alternado por la noche en bares de copas. En consecuencia, aunque algunos políticos profesionales, en activo o en el patio trasero de los desguaces, pretendan ser considerados con la dignidad de figuras históricas, yo no puedo evitar verlos desde la barra del bar. Cualquier alto cargo, o ex alto cargo, las más de las veces ficticio, acaba creyéndose un ex presidente de los Estados Unidos. Lo que me recuerda cierta ocasión en que los del Palmar de Troya fueron a visitar al cardenal Bueno y Monreal, arzobispo de Sevilla, el cual elogió la suntuosidad de sus ropajes y el garbo con que los llevaban. «Es que somos monseñores», le contestaron aquellas caricaturas de obispos.

Francisco Erice reconoce, en el prólogo al libro de Luis Alfredo Lobato, que «salvo acontecimientos de amplias dimensiones o quizás con excepción de los momentos finales del franquismo, las actividades de la oposición al régimen pasaban prácticamente desapercibidas para la mayor parte de la población. No cabe duda de que en ello influía la censura oficial u oficiosa, pero también, y por más que los propios protagonistas prefieran a veces ignorarlo, el carácter minoritario que la oposición militante tuvo durante la mayor parte del período en cuestión». Afirmación que me parece de una exactitud y de una honradez sumas. Veintiún años antes, Gustavo Bueno afirmó más o menos lo mismo en un célebre y polémico artículo, «La excepción de Oviedo», publicado en «Cuadernos para el diálogo» en mayo de 1967 y posteriormente recogido en el volumen «Sobre Asturias», el año 1991.

La Universidad de Oviedo había iniciado aquel curso crucial de 1967 tan tranquila y alejada de lo que ocurría en buena parte de las restantes universidades españolas como en los tiempos en los que era rector don Fermín Canella. El rector de aquellos días era Virgili Vinadé, hombre poco dado al diálogo, entre otras cosas porque nada le obligaba, en su Universidad, a ser dialogante. En algunos «mentideros» de aquéllos que proliferaban en la época de la dictadura, especializados en adivinar lo que los medios de comunicación no iban a publicar, se presumía que al ministro de Educación, Lora Tamayo, le «olía la cabeza a pólvora»; en los campus de Madrid se cantaba: «Yo me subí a un pino verde / por ver si Lora venía / y en su lugar vi a los "grises" / que el Gobierno nos envía». El desprestigio del Ministro era grande, incluso dentro del propio régimen, que le consideraba como «blando». Ante su previsible cese se barajaban los nombres de posibles sucesores, entre los que figuraba el rector de Oviedo, como recompensa por la tranquilidad (o «paz de cementerio», según don Pedro Caravia) que reinaba en su Universidad. Los acontecimientos universitarios de enero y febrero, que no tuvieron repercusión en Oviedo, permitieron a Gustavo Bueno reflexionar sobre la excepción de nuestra Universidad: «Mientras el resto de universidades españolas experimenta una viva agitación -se celebran asambleas, se delibera y se discute hasta el extremo de que el equilibrio, acaso demasiado inestable, llega a romperse: ataques, respuestas, batallas de cascotes, manifestaciones, huelgas, clausura de las universidades de Madrid y Barcelona, la Universidad de Oviedo ha permanecido en la más "completa normalidad". De hecho, es cierto que no hubo huelgas: fracasó una asamblea en la que se había suscitado la cuestión; en el escrutinio por cursos, que se acordó a raíz de este fracaso, solamente un curso de una Facultad arrojó una mayoría de estudiantes que votaban la huelga de solidaridad, de un día de duración. Pero la voluntad de este curso quedó neutralizada al aplicarse los convenios ordinarios que regulan todo proceder democrático. En resumen, el rectorado de la Universidad pudo informar a la prensa nacional de que aquí no había pasado nada y de que la vida universitaria de Oviedo transcurría normalmente».

Pero cuando aquel número de mayo de los «Cuadernos para el diálogo» salió a la calle, ya habían salido un grupo de estudiantes de la Universidad de Oviedo al paseo de los Álamos para manifestarse contra la guerra de Vietnam a finales de abril: algo que hubiera resultado impensable el año anterior por aquellas fechas. Después de esta manifestación, la Universidad de Oviedo se «puso al día» en lo que a la lucha contra el franquismo se refiere, negándose a pagar la cuota de cincuenta pesetas al SEU, el sindicato único estudiantil, de signo falangista.

Hasta que empezaron a actuar los comunistas, dándose a conocer como tales, la tibia oposición al régimen estaba más o menos representada por estudiantes católicos pertenecientes a la JEC (Juventud de Estudiantes Católicos), en la línea de la Acción Católica, y otra de cuyas «secciones gremiales», la JOC (Juventud de Obreros Católicos), daba muestras más enérgicas de actividad. Los locales de la JEC estaban en un lugar muy adecuado, en un piso de la calle San Francisco, en el portal de al lado de la cafetería Albabusto, donde luego estuvo Logos, y que llenaban, entre clase y clase, catedráticos y alumnos (me refiero, claro es, al café). Las figuras más destacadas de la JEC en Filosofía y Letras eran Macoqué Gavito, Paloma Uría (muy pálida y de luto entero, porque acababa de morir su madre) y el delegado de Facultad era Lobato, demacrado y con gafas y a quien no se debe confundir con el autor de «Dos décadas del movimiento cultural y universitario en Asturias», quien, de no ser que le confunda con otro, llevaba barba como la de Xirinacs, un abate catalán contestatario que alcanzó cierto nombre por aquella época. Lobato era hombre de buena voluntad, siempre apresurado con su gabardina «pluma», y aunque no debía tener mucha energía, procuró en todo momento desempeñar honradamente su cometido: lo que tiene mayor mérito que si fuera insensato o militante de alguna organización radical.

En los preliminares de aquella lucha se produjeron algunos hechos vergonzosos, como la expulsión de Rúa, profesor ayudante de Latín, en la que el catedrático de la asignatura, Castresana, aunque no era partidario de ella, no estuvo a la altura de las circunstancias. Y el momento más memorable acaso haya sido la «encerrona» en el aula Clarín de la Facultad de Letras con motivo de la detención del estudiante José Antonio López Brugos. Cuando la Policía lo soltó al cabo de unas horas, se presentó en el aula para referir su estancia en Comisaría. Contó que el comisario Ramos sacó la pistola y se la puso en la cabeza. «Pero yo, sabiendo que lo más que podía hacer era matarme, callé a todo lo que me preguntaba».

Aplaudimos a rabiar.

[editar] Respuesta de Lobato

A propósito de «la oposición universitaria»

En la edición digital de LA NUEVA ESPAÑA del día 24 de septiembre recién pasado publicó un comentario de Ignacio Gracia Noriega, «La oposición universitaria», basándose en mi libro «Dos décadas del movimiento cultural y universitario en Asturias (1957-1976)», editado en 1998 por Editorial Trea, como adaptación fiel de la tesis doctoral del mismo autor presentada en julio de 1996 en la Universidad de Oviedo.

No voy a abundar en justificaciones de por qué mi comentario al artículo de Gracia Noriega. Quien escribe estas líneas no tiene por costumbre salir a la palestra pública, seguramente porque hace tiempo que había decidido, al menos transitoriamente, no dedicarme al estudio del franquismo -que es como en realidad se llama «el régimen pasado»- y porque mis múltiples ocupaciones académicas en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (Managua), donde resido desde hace casi veintiocho años, me dejan muy poco tiempo para otros menesteres. No obstante, creo necesario hacer algunas puntualizaciones.

No considero que al escribir el libro «Dos décadas» haya existido pretensión científica más allá de los cánones que impone la necesidad académica de presentar un trabajo basado en fuentes y con el necesario análisis histórico. Tampoco está escrito desde la perspectiva del Partido Comunista, aunque no por ello el trabajo de investigación objeto del comentario de Gracia Noriega carece de legitimidad. Si el lector examina el libro referido observará la pluralidad de las fuentes, aunque, claro está, el mayor protagonismo les corresponde a los jóvenes comunistas y de otras generaciones tanto del movimiento estudiantil como de otros movimientos.

La obra mencionada no sólo dedica espacio al movimiento estudiantil, sino a otros sectores de oposición que lucharon por la libertad y la democracia, aunque no necesariamente obtuvieron las victorias deseadas. Así, por ejemplo, se aborda la constitución y el desarrollo de las sociedades culturales, la aparición de los movimientos de profesores, la demanda de los médicos del Hospital Psiquiátrico y la larga lucha del movimiento obrero asturiano. En este último caso, punto de partida del libro, se estudia no para que el lector vislumbre el contraste entre la lucha que se libraba en los pozos mineros y el «carácter pequeño burgués de los estudiantes cabezas de chorlito», como algunos los denominaban despectivamente, sino como un fiel tributo hacia los que fueron a dar con sus huesos a las cárceles de Soria y Jaén, entre otras. Cabe reseñar, por otra parte, que una cosa era pasar una noche encerrados en el aula Clarín, tarea muy loable, por otra parte, en protesta por las actitudes antidemocráticas del rector de turno y otra cosa era vérselas en la calle con Claudio Ramos y compañía o ir a parar con sus huesos a la Comisaría. Eso no eran simples anécdotas, aunque a algunos les parezcan lejanas o de sacrificio inútil. Por cierto, verdaderos luchadores de aquella época como Manuel Suárez («Manolo Mieres»), Gabriel A. Santullano o Miguel Areces, entonces militante de la Juventud Comunista, por citar sólo algunos, pueden dar testimonio de que la lucha de los estudiantes y otros sectores de la población era algo más que el alterne en el Bar Manolo de la calle Altamirano, donde, por cierto, se realizó más de un seminario de formación política. Al fin y al cabo, la Brigada Político-Social siempre tuvo claro quién era la verdadera oposición de entonces.

El libro «Dos décadas» está dirigido también a demostrar la simbiosis entre el trabajo cultural e intelectual y la lucha democrática. El autor del comentario al que hago alusión seguramente conocerá de la importancia, tal vez relativa, del fenómeno de las sociedades culturales. Muchos de los de mi generación aprendimos a establecer la relación entre el desarrollo de una conciencia y los fenómenos que acontecían en la coyuntura del Estado español.

Más allá de las anécdotas es preciso recordar cómo en el Club Cultural de Oviedo nos reuníamos a escuchar verdaderos maestros de la comunicación como Manolo Vázquez Montalbán o la experiencia en la defensa de los derechos humanos de Joaquín Ruiz-Jiménez o, también, expresiones artísticas como las protagonizadas por el grupo «Tábano», entre otros.

Los jóvenes que comenzábamos a hacer nuestros pinitos políticos escuchábamos con atención, entre partida y partida de ajedrez, las experiencias de Juan Rodríguez Ania («El Ruso»), niño de la guerra recientemente fallecido. La oposición de los comunistas de ese entonces en el terreno cultural iba más allá de los muros universitarios, tal como se demuestra en el libro. Para algunos de los jóvenes de mi generación siempre fue gratificante establecer la relación entre el pensar, el sentir y el querer, fomentando, al mismo tiempo, los valores de solidaridad y fraternidad, tan escasos en los tiempos que transcurren.

Deliberadamente, el libro pretende rendir tributo a héroes tal vez anónimos y no protagonistas de los escritos de la denominada transición, pero que contribuyeron con su ejemplo a forjar nuestra conciencia y no sólo comunistas como Juan, sino socialistas como Marcelo García Suárez, el que era en aquellos tiempos de los pocos socialistas con vida activa y valiente y con ciertas dotes de omnipresencia, pues había pocas manifestaciones y expresiones de lucha donde él no participara.

De los cincuenta y un testimonios que sirvieron, junto con otras fuentes, como base documental para el desarrollo del libro, la mayoría no está situada en la escena política actual; son personas sencillas, llamadas «corrientes», pero cargadas de sentido histórico que desde distintas perspectivas nunca consideraron que iban a cambiar el mundo, pero sí poner un grano de arena para que se desencadenara en un régimen político y social más justo.

El artículo de Gracia Noriega, tal vez pretendiendo justificar cierta irrelevancia de los movimientos sociales del período en estudio, hace alusión a un párrafo de Francisco Erice en el prólogo de mi libro olvidándose de las palabras que el propio Erice añade en el párrafo siguiente: «De todos modos, quisiera subrayar cómo el trabajo de Luis Alfredo Lobato viene a mostrarnos, en cierta manera, que esas minorías ni eran tan exiguas como a veces se les supone ni se encontraban totalmente circunscritas y aisladas».

Coincido con el autor del comentario que la denominada excepción de Oviedo a que hace alusión el artículo de Gustavo Bueno Martínez fue claramente rebasada y no por una simple decisión del PCE, sino por el desarrollo de las condiciones sociales y políticas, más allá de que, efectivamente, el movimiento estudiantil no tuvo en España y mucho menos en Asturias la incidencia desarrollada por los movimientos de jóvenes estudiantes en algunas partes de América Latina y el Caribe que desembocaron en la realización de verdaderos movimientos revolucionarios. De hecho, la relación entre el movimiento obrero asturiano y el movimiento estudiantil se profundizó a fines de los sesenta y de los setenta como ya he señalado y que se ejemplifica ampliamente en la obra mencionada.

Por lo demás, aunque con cierto lamento por el hecho que la lectura de mi obra le haya resultado al comentarista de turno dura y fatigosa, agradezco al autor del artículo mencionado sus delicadas alusiones a mis rasgos personales de aquella época y celebro sus comentarios que me han servido para releer mi libro, esta vez con más atención y dedicación.

Obtenido de "http://www.lasasturias.org/asturwiki/index.php/Luis_Alfredo_Lobato"

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